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Literatura Símbolo y parnaso

Borges: denuncia y alegato

La obra de Borges resulta ser, en gran medida, una denuncia y un alegato. Denuncia el poder secuestrado de la memoria imperante de otras generaciones alienantes de los individuos en una historia de otros, que no les concierne, y los que tienen fatalmente el laberinto clausurado al cambio. Por otro lado, la obra constituye un alegato en defensa de una memoria liberadora, tanto para el sujeto como también así para los pueblos.

Entre los pliegues de la cambiante forma de la memoria que está hecha el olvido, Borges 1983, el autor distingue cuatro memorias: la del rencor, la del pavor, la del dolor, la del esplendor. Mientras que las memorias del rencor y el pavor, permanecen refractaria al olvido, al perdón y al trabajo del duelo, las memorias del dolor y del esplendor integral pasado en una diferente reestructuración afectiva, espacial y temporal y propician al mismo tiempo, el duro, lento e intrincado trabajo de elaboración de los de los duelos.

Para Thomas Eliot: “la memoria opera como una clave para ingresar con esperanza en un renovado acto de liberación.” Mientras en la obra del autor de El Aleph, la mayoría de los personajes permanecen inexorablemente abrumados y con desesperanza, bajo el peso agobiante del poder de una memoria excesiva e impuesta.

Eliot “CUATRO CUARTETOS”

La historia puede ser servidumbre.

La historia puede ser libertad

Ve, ahora se esfuman, la cara y los lugares con el yo.

Cuando pudo, los amó, para tornarse.

Renovados transformados, en otro diseño.

Esta es la utilidad de la memoria, para la liberación.

No disminución del amor, sino expansión del amor

Más allá del deseo y así liberación del futuro

Tanto como del pasado.

Beatriz Sarlo, argumenta que “contra todo fanatismo, la literatura de Borges persigue un ideal de tolerancia y confrontación con las creencias cristalizadas desde el fondo de los tiempos”.

La forma de escepticismo en los personajes de Borges se da tanto a nivel del orden individual y a nivel del orden social resulta insondable. No hay posibilidad alguna de que los hombres puedan alterar las reglas y gobiernan su devenir. Por lo tanto resulta imposible contrarrestar las causas y las fuerzas que promueven un destino herrumbrado. Los arcanos del orden individual y social son enigmáticos, sus obstáculos son infranqueables, y por ende, permanecen retenidos el seno de laberintos invencibles. Los personajes borgeanos y descreen en la posibilidad de poder realizar cambios psíquicos.

Los temas de la invención borgiana fluctúan entre la esperanza utópica y la desesperanza del escepticismo, entre la idealización extrema una inexpugnable desilusión.

Fatalmente, los personajes borgeanos no pueden olvidar ni amnistiar sus afrentas narcisistas y trauma escindidos permanecen vencidos por el poder acechante una memoria impuesta, la cual reabre un interrogante acerca de cuál será la capacidad transformadora de las actividades sublimadas para propiciar ciertos cambios en la realidad psíquica de los creadores.

“Soy” 1975

Soy el que pese a tan ilustres modos

de errar no ha cifrado el laberinto

singular, plural, arduo, distinto,

del tiempo, que es de uno y es de todos.

Soy el que es nadie, el que no fue una espada

en la guerra. Soy eco, olvido, nada.

El narrador borgiano, frente a su imposibilidad de historizar la caótica resignificación del pasado, intenta desmentir los influjos provenientes de la memoria apelando entonces al instante, como un intento de aprehender el sentido temporal sin continuidad con el pasado ni con el futuro. Se vive humillando al no poder desasirse en sus memorias de los espectros que acechan sin tregua.

En las invenciones narrativas de Borges el individuo y la sociedad se hallan predestinados por leyes no identificables que establecen un orden contrario a toda posibilidad de cambio, o que responden a un azar cuya excentricidad y extravagancia es tan fuerte como la determinación. En cualquier caso, los hombres no pueden alterar sus destinos, y las reglas que gobiernan el mundo son inaccesibles a sus súbditos.

El protagonista borgeano permanece así retenido como un rehén en su propio laberinto de escepticismo y específicamente está desesperanza la que comanda el masoquismo moral y necesidad de sufrimiento y suelen determinar ciertos sujetos borgeanos sean renuentes a aceptar la teoría y práctica del psicoanálisis.

El poder de las cuatro memorias: servidumbre o liberación

En la memoria del esplendor los recuerdos de la historia vigorizan las tres dimensiones del tiempo. el esplendor de la memoria se basa en el hecho de que la dimensión del pasado ilumina con su resplandor al presente, y al mismo tiempo, el futuro se reabre con un sentimiento oceánico y mágico a la vez. la memoria del esplendor guarda cierta semejanza con la imagen borgeana del Aleph. Un acontecimiento témporo espacial en el que conviven en un momento y espacio de fulgor y felicidad los tres tiempos cronologicos tiene aparente superposición ni contradicción.

En “El poeta y la escritura”, Borges pone de manifiesto la fugacidad de la felicidad que participan en la memoria del esplendor.

La poesía se ha dedicado buena parte a lamentarse; intuyo que hay un solo poeta que ha cantado la alegría presente, es Jorge Guillén. Una gente que él está cantando. Al escribir se siente muy feliz.

en general se ha preferido deplorar la felicidad perdida, paraísos perdidos; en cambio Jorge Guillén ha hecho y ajustar una maravillosa proeza de cantar la felicidad presente cosa que nadie parecería haber hecho. Porque en el caso de Whitman genera la sensación de que se impuso la tarea de ser feliz, pero que posiblemente fuera un hombre desdichado. Y quizás la desdicha sea mejor material que la victoria, porque la derrota es mejor material que la victoria, porque la derrota tiene que ser transformada en otra cosa, la desdicha también. La felicidad, en cambio, es un fin en sí misma, y no necesita ser cantada; ya es una suerte de canto la felicidad.

La memoria del esplendor pletórica de alegría, belleza inmortalidad se diferencia de las memorias del rencor, del pavor y de dolor.

la memoria del rencor comandada por resentimientos y remordimientos conscientes y manifiestos (Emma Zunz, 1949; Leyenda, 1969; Remordimiento por cualquier muerte, 1974; El remordimiento, 1976), de aquella otra memoria del rencor en la que los resentimientos y remordimientos se hallan latentes, encubiertos o enmascarados (Funes el memorioso, 1942; Sherlok Holmes, 1984; La memoria de
Shakespeare, 1982).

En la memoria del rencor prevalece la esperanza reivindicatoria. En cambio, en la memoria del pavor, las reminiscencias traumáticas empantanan al presente y futuro con un pertinaz sentimiento de desconfianza. El presente no se vive como un verdadero presente, lo que implicaría un anclaje actual y perspectivas
de futuro. El mnemonista del pavor es un forastero acosado de los caminos. No puede
permanecer ni pertenecer en un lugar y en un tiempo sostenidos, le resulta imposible entablar vínculos confiables.

Jorge Luis Borges, en su poema “El amenazado” describe ese mismo destino infausto del mnemonista del pavor que, como pasajero en tránsito, peregrina en busca de un futuro perdido.
Este poema, escrito en 1972, sería, en gran medida, un lamento de amor por el amar imposible. El narrador borgeano no puede establecerse en una relación de amor confiable porque resulta ser rehén de la pavorosa memoria del “horror de vivir en lo sucesivo”.

Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.
¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte
para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.

Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz,
la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos me cercan, las hordas. (Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.) El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.

Borges pone en evidencia en el poema “El forastero” (1966) la fugacidad incesante del mnemonista del pavor que, como un jinete que nunca encuentra su propio sosiego, cabalga entre el infierno y la gloria “Porque el Far West abarca el planeta y se espeja en los sueños de los hombres que nunca lo han pisado”. Describe con tristeza el desencuentro permanente “de un hombre cuya verdadera vida está lejos”

El Forastero

Despachadas las cartas y el telegrama,
camina por las calles indefinidas
y advierte leves diferencias que no le importan
y piensa en Aberdeen o en Leyden, más vívidas para él que este laberinto
de líneas rectas, no de complejidad,
donde lo lleva el tiempo de un hombre
cuya verdadera vida está lejos.
En una habitación numerada
se afeitará después ante un espejo
que no volverá a reflejarlo
y le parecerá que ese rostro
es más inescrutable y más firme
que el alma que lo habita
y que a lo largo de los años lo labra.
Se cruzará contigo en una calle
y acaso notarás que es alto y gris
y que mira las cosas.
Una mujer indiferente
le ofrecerá la tarde y lo que pasa
del otro lado de unas puertas. El hombre
piensa que olvidará su cara y recordará,
años después, cerca del Mar del Norte,
la persiana o la lámpara.
Esa noche, sus ojos contemplarán
en un rectángulo de formas que fueron,
al jinete y su épica llanura,
porque el Far West abarca el planeta
y se espeja en los sueños de los hombres
que nunca lo han pisado.
En la numerosa penumbra, el desconocido
se creerá en su ciudad
y lo sorprenderá salir a otra,
de otro lenguaje y otro cielo.
Antes de la agonía,
el infierno y la gloria nos están dados;andan ahora por esta ciudad, Buenos Aires,
que para el forastero de mi sueño
(el forastero que yo he sido bajo otros astros)
es una serie de imprecisas imágenes
hechas para el olvido. andan ahora por esta ciudad, Buenos Aires,
que para el forastero de mi sueño
(el forastero que yo he sido bajo otros astros)
es una serie de imprecisas imágenes
hechas para el olvido.

Se somete a estar apresado por la memoria del pavor se halla regido por el accionar inconsciente de angustias de desvalimiento y de muerte que no alcanza a dominar, a diferencia de la angustia de castración que comanda a la
memoria del dolor. En ésta no se olvida al pasado, pero se lo admite y acepta lo perdido como lo irrecuperable y resignable, lo cual posibilita el pasaje al presente y a un futuro posibles no idealizados. En la memoria del dolor el pasado deja de ser presente para transformarse en experiencia pasada, ya que solo de esta manera se lo puede considerar como una experiencia útil frente al presente.

La memoria del dolor ”por supuesto no le pone fin al dolor, el dolor continúa, continuará y debe continuar en cierto modo, cada momento de dolor es un momento de contacto con la persona que ama”
En cambio, el mnemonista del rencor se posiciona como una pretenciosa e injusta víctima por las frustraciones padecidas. Frustraciones, promesas e ilusiones incumplidas que lo legitiman detentar un poder soberbio y reivindicativo,
generando en la dinámica del campo intersubjetivo una tensa atmósfera de crispación, que suele exteriorizarse de un modo compulsivo a través de la queja,
el litigio, el reclamo, el reproche y la revancha. El mnemonista del dolor, a diferencia del mnemonista del rencor y del pavor, asume, por un lado, la pérdida de una vana esperanza planetaria, y por otro lado, la asunción de una otra realidad menos idealizada pero más acotada e imperfecta.

Por Lunfa de Polema Fetería y Sucundún

Definirse, denotar no es más que limitarse a parecer lo que deseamos ser.

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