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Federico Buenos Aires

Federico en Buenos Aires.

Federico García Lorca tenía el tipo del hombre de campo de su Andalucía.
Estatura algo más que mediana, pero sin llegar a alta, cabeza grande y redonda, miembros bien proporcionados. A veces, — y en esto puede advertirse una expresión y se interesantísima del subconsciente —decía: “Yo tengo el esqueleto demasiado grande”. Su sensibilidad discordaba, por lo visto, con su corpulencia. Su espíritu hubiera querido montura más pequeña, un rinconcito delicado.
Se ha dicho por ahí que parecía un torero sin traje de luces. No, no era su tipo físico el del torero, el del vaquero o el del conocedor, es decir del hombre que guarda y aparta los toros en la ²dehesa; caballista en sus dos acepciones andaluzas: el picador de caballos y el jinete contrabandista. El torero posee una agilidad, una flexibilidad y una gracia de movimientos, que faltaban totalmente al poeta, quien tenía el paso y el ademán reposado y la actitud aplomada del ganadero. Granada ha dado pocos y oscuros lidiadores de reses bravas. Los ¹etoreros famosos fueron casi siempre de Sevilla y de Córdoba, ciudades que dieron los escuelas muy definidas y opuestas de la tauromaquia.

García Lorca tenía el cabello abundante y oscuro, la frente amplia y abombada, muy pobladas las cejas y largas, los ojos de sombra, entonados frecuentemente, la nariz más bien corta y un poco roma, sin chatura, boca bien torneada, de labios sensuales, sin ser gruesos, barbilla redonda, algo saliente y partida en gracia. Este rostro extenso y fuerte, con pómulos bien marcados— de tez “amasada con aceituna y jazmín”—, se animaba constantemente con una vivísima gama de expresiones, oscilantes entre las características de la alegría, la zumba y una seria melancolía interior.

Quiénes lo conocieron lo describen desbordante de vitalidad, de optimismo, de sazonada chanza, muy cordial, muy abierto en la mirada, en la sonrisa y en los brazos; pero no muchos pudieron sorprender, de pronto, el sombrío nublado, que venían ahí no se sabe dónde — de la tristeza ancestral y de la tragedia porvenir —, a envolver su frente, apagarle los ojos y cerrar su boca. Entonces y por muy breves instantes, esta pujante máquina de vida avasalladora, torrencial, que avanzaba siempre como un río desbordado, se detenía se cegaba. Era, efectivamente, como El misterioso Guadiana que, en un punto de su cauce, desaparece de la superficie de la tierra y corre largo trecho para resucitar sus aguas, después, y aflorarlas más caudalosqmente sobre el campo andaluz.

¿Qué vigores y que miedosa andaban amalgamados en él? Esa contradicción eterna y su raza, esa coyunda inseparable de júbilo y pesadumbre, ese gozo y ese dolor unidos en el ¡Ay! de la copla,.se concretaban en la brava postura de su cuerpo, y en la timidez del agua llovida de su espíritu.

Este hombre robusto que caminaba despacio, que apoyaba bien la planta del pie sobre la tierra, perdía estabilidad con deleite, para subirse a la terraza de su Andalucía espiritual. Andaba por ellas entre alelíes y geranios viendo la luna imposiblemente lubrica y pura, oreándose la frente con el viento, “galán de torres” oteando los horizontes de estrellas y olivares. Y de allá bajaba siempre con un jirón de noche al hombro, que era ese misterio escondido tras la última puerta de su alma, a la cual no Se hubieron animado a llamar nunca.
Qué ajeno parece Lorca en su pequeña habitación de Buenos Aires. Aún mismo, cuando salía de su residencia en Avenida de Mayo, no era posible encontrarle acorde con la calle populosa y estruendosa, de calles con un sol afiebrado.
Había llegado Buenos Aires para dirigir los ensayos de la Zapatera Prodigiosa y de Mariana Pineda, dos obras que iba a estrenar en Lola Membrives, en vista del triunfo de Bodas de Sangre.


La comedianta desarrollada con suerte poco grata su temporada en el teatro Maipo en el año 1933. “Teresa de Jesús” de Eduardo Marquina, que en España, por razones circunstanciales, había alcanzado gran apoyo del público, en Buenos Aires pasó sin llamar la atención, a pesar de ser el primero estreno ofrecido por la compañía. Y fue aún peor el éxito de las restantes novedades del repertorio. Lola Membrives recurrió entonces a “Los medios seres”, una comida de Ramón Gómez de la Serna, que no mejoró el aplauso.
Se acercaba el fin de los espectáculos, cuándo la agrupación de gente de letras y arte, LA PEÑA, solicitó, de Lola Membrives, que en la función a beneficio de la entidad organizada para fecha próxima, subiese a escena un poema titulado Bodas de Sangre, de un joven poeta español, Federico García Lorca, incluido en el repertorio, pero olvidado. La actriz aceptó la iniciativa.
El carácter de la función según auditorio exigente a la sala del Maipo, ibasto el cuadro primero, el diálogo entre la madre y el hijo, para que se tuviera plena conciencia de los méritos de la obra y, sobre todo, de cuánto significaba, cómo renovación y revaloración del teatro español, cuyo anquilosamiento se había comprobado bien durante la temporada. El aplauso entusiasta; el público salió comentando el éxito y Lola Membrives firmó, inmediatamente contrato con la empresa del teatro Avenida para actuar en solucionario durante varios meses, primavera y parte del verano, realizando nuevos espectáculos con Bodas de Sangre. Convino, además, con la Sociedad de amigos del arte, en invitar a Federico a venir a la Argentina para dictar conferencias y dirigir los ensayos de otras comedias suyas.

Este fue el origen del triunfo del poeta como autor dramático. Conviene señalarlo con propósitos informativos para que nos puedan ignorar, porque se forjó en Buenos Aires. Ninguna de sus obras, había obtenido la aplauso firme del público madrileño, muy severo, pero con una visión limitada del teatro y sólo después del resonante estreno en la Capital de Bodas de Sangre, su producción escénica fue considerada y juzgada digna de su poesía.

“A mí no me hablen de hispanoamericanismo. Yo no entiendo nada de eso y me importa absolutamente nada de las carabelas, del descubrimiento, de la nación madre y las naciones hijas, y toda la retórica de cartón de los banquetes. Esas son cosas muy serias para señores muy serios… y muy aburridos. (Y se echó a reír mi botella con sus palabras como un niño. Una risa sincera y traviesa).

“Yo sentí siempre la atracción de América. Cuando salí de España no fue para hacer la consabida excursioncilla francesa de todos los españoles, para decir luego: ¡vengo de París! Me lancé al Atlántico, hacia estas costas. Eso era lo que me interesaba y lo que gente en español auténtico. La juventud de España está unida íntimamente a América. Una curiosidad intelectual y una fan espiritual la empujan hacia estos países sin pensar en la historia sin acordarse de Don Cristóbal, ¿Sabe usted? nos interesan los escritores de América y los jóvenes españoles deseamos compenetramos con la juventud americana y marchar a su mismo paso, hombro con hombro, del brazo, de la mano, con libertad, y respeto mutuos… como verdaderos amigos. — Amigos ¿comprende usted?— demos a la palabra amistad su verdadera, su exacta significación”.

Nueva York no le había inspirado ideas y sentimientos como me inspiró Buenos Aires. La Argentina le descubrió a América.

Por Lunfa de Polema Fetería y Sucundún

Definirse, denotar no es más que limitarse a parecer lo que deseamos ser.

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