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Un tal Pinocho

Pinocho es la Marioneta más famosa de la historia, pero esto se debe más a incontables ediciones abreviadas en la película de Walt Disney que al libro original: Las aventuras de Pinocho.

Las páginas del texto íntegro contienen un relato insospechado, con resonancias absurdas y tintes del más descarnado realismo, episodios de redención y crueles hundimientos, inestables tránsitos entre lo risueño y lo macabro, sin concesiones a las tradiciones adjudicadas por la “estrategia de la difusión oral” que obligan desde el “falso engaño convenido”, a la sacralización de tales edificaciones, inescrupulosamente institucionalizadas.

Artilugios que convergen en lo genérico, puntualmente, el género MARAVILLOSO: CUENTO DE HADAS. A giro descubierto, sin vericuetos ni rodeos, hace butifarra del falso fenómeno moral de la consciencia: falacia universal de la ética y la moral civilizadas.

Ambigüedades morales que caracterizan a Pinocho y los demás personajes. Por ese filo transita la buena y la verdadera literatura: bordeando el límite peligroso de las cosas. En este límite peligroso, también, se desarrolló la vida de Carlos Collodi, el creador de Pinocho.

Carlos Lorenzo Filippo Giovanni Lorenzini nació el 24 de noviembre de 1826, en Florencia, Italia. Avanzó hacia la adultez en el Decennio Di Preparazione, la década de 1850 a 1860, cuando Italia se movía hacia la unificación en contra del control austríaco. Como tantos de su generación, en 1848 se enlista como voluntario en la primera y fallida guerra de independencia. Ese mismo año regresa a Florencia y funda el diario satírico Il LAMPIONE , con publicaciones de tendencia nacionalista, cuya intencionalidad era <iluminar a quién anda en tinieblas>. Será prohibida por el gobierno y no volverá a ver la luz hasta 1860. En ese decenio de preparación para la independencia definitiva de Italia, transcurrió con una intensa actividad periodística en diferentes publicaciones haciendo crónicas teatrales, literarias y musicales, escribiendo artículos bajo diferentes nombres, así como cuatro comedias y un par de libros humorísticos. Llevó una vida sumamente desordenada, siendo un jugador furioso y desafortunado, que se atiborra de deudas y se entrega el alcohol.

En 1859, cuando estalla la Segunda guerra de Independencia, se enrola de nuevo como voluntario, esta vez en el regimiento de caballería de Novara. A su vuelta a Florencia, luego de la paz de Villafranca, el secretario del gobierno provincial toscano, le encarga convertir a un tal Eugenio Alberti, quien ha lanzado un escrito, invitando a los toscanos a desconfiar del programa unitario. Carlos lorenzini empleaso aguda pluma en responder con opúsculo titulado ¹¡El Señor Alberto tiene Razón! Diálogo apologético en cuyo sello firma con el apellido Collodi, pueblo de la Toscana donde nació su madre. A partir de ese momento consagra el seudónimo de Carlos Collodi que había empleado por primera vez en su artículo de 1856.

La unificación Italiana y el cambio de política le otorgan a Collodi nuevos y contradictorios oficios. En 1860 forma parte de la Comisión De Censura Teatral y resucita Il LAMPIONE censurado desde hacía once años. En el 62 figura como director escénico del teatro de La Pérgola. Tradujo cuentos de Perrault publicándolos en un volumen titulado Racconti De La Fate. Además, recibió el encargo de revisar una obra de carácter didáctico creada desde hacía cuarenta años antes, por Alessandro Luigi Paravizzini.

La literatura para niños en una innovación del siglo XIX tanto en Italia como las demás para entonces no había distinciones escritas entrenación buscando una identidad en requerimientos hacia la formación de valores comunes. la unificación política arrastraba hacia una imprescindible unificación cultural. En ese impulso nace y la Il Vaggio Per Italia Di Giannetinno, algo así como el viaje por Italia de Juanito, que busca darle a los niños una idea de su nuevo y glorioso país. El éxito de Giannetinno creó otro personaje, protagonista de un libro homónimo, Minuzzolo, en el que anticipa la desobediencia y la burla hacia la autoridad.

También redactó libros de intención y contenido didáctico, cuyos contenidos fueron empleados en el sistema educativo, fue así como consiguió el reconocimiento dentro de la franja de la educación.

Las aventuras de Pinocho, fueron escritas a regañadientes. Collodi tenía un primer capítulo, ya escrito unos ocho o nueve meses antes de que lo contactase el Giornale Per Bambini. Lo envió con una carta al administrador que decía: <Ahí te mando esta niñería, haz con ella lo que te parezca. Pero si la publicas, págame bien para que me den ganas de continuarla>

En el Giornale publicaban cartas excusándose con los pequeños lectores cada vez que las ediciones no contenían “Las aventuras de Pinocho”. Collodi escribía sin releer los capítulos anteriores, indolente ante los errores argumentales o de continuidad, sumando a una evidente dejadez. Con el afán de liberarse de este libro, que lo aburría en demasía, el autor determinó una estructura trágica: en el capítulo final, siendo el número XV, el muñeco de madera es asesinado: es ejecutado como castigo a sus travesuras. La Zorra y el Gato le amarran los brazos y lo ahorcan colgándolo del Gran Roble. Luego lo abandonan a su suerte. <Y no tuvo aliento para decir más. Cerró los ojos, abrió la boca y estiró la pata. Y dando una última sacudida quedó tieso>

Collodi como Kafka, tenía poca confianza en la trascendencia de su obra pero Pinocho fue avasallante desplegando un abanico que se va complementando entre un origami trascendental: ha sido traducido a cientos de lenguas, incluida una muerta, como el latín. Tolstoi escribió una versión rusa llamada “Las aventuras de Buratino”. Se han ocupado de esta obra, Benedetto Croce, Julián Marías, Ítalo Calvino, Alberto Manguel y Paul Auster. Las adaptaciones cinematográficas se cuentan por decenas, entre ellas; Walt Disney y la película de Roberto Benigni, además de las rarezas como “La venganza de Pinocho, y “Pinocho en el espacio sideral”; por no mencionar la deuda que tienen Edward pair of Scissors de Tim Burton y La Inteligencia Artificial de Steven Spielberg Stanley -Kubrick en el ideario concreto e ineludible basado en esta marioneta viviente.

Y para no andar pijoteateando, Pinocho ha propiciado una avalancha iconográfica y de mercadeo que incluye afiches, postales, calendarios, muñecos de todos los materiales, composiciones musicales, obras de teatro rompecabezas, juegos de mesa, parques temáticos y algunas obras de arte, un parque temático y algunas obras de arte moderno. [Nota en total detrimento del estilo cool crítico: Argentina no quedó atrás, colaboró en la cuantiosa producción artística de una obra maestra, pero carente maestría. Producción cinematográfica de bajos recursos con una protagonista poco pinochesca “Soledad Silveyra” como La marioneta aún no concurrente a el Club A.L.A.N.O.N.

En la historia de las Religiones Pop; Umberto Eco destaca: <creo que tan sólo el Ratón Mickey ha sobrepasado el éxito de Pinocchio>

Pese al poco afecto que le prodigó Collodi a su criatura y la pereza que tenía por desarrollar una narratología vertebradora y de una prolijidad diagramada como soporte ficcional. El resultado fue más allá de la fábula ejemplar y del Cuento De Hadas Simplista. Las primeras líneas de apertura que se manifiestan en el mundo narrativo, ya plantean la transgresión y la ruptura de las leyes genéricas concernientes al género maravilloso. Comienza con la consabida fórmula de apertura de los cuentos maravillosos: Wonsaponatime, (“Había Una Vez”). Con evidenciable desdén hacia la utilización recursiva de una innecesaria tolerancia que obrare como extensión irónica estilo directo en ausencias semántica y connotaciones vinculada al sarcasmo y sus derivados blancos inferenciales, Ángela desobediencia del impuesto que, aunque pertenece al lateral subjetivo del carácter interpretativo, no deja de ser una interpretación aleatoria, de un prisma retinal subjetivo, que no es el mío, el propio de ojo ridículo. Insiste en categorizar la introducción de Pinocho catalogado como la apertura y la única escogida, empleando el modo imperativo para confirmar la idiotez que no deja a las lateralidades en justos desencuentros con la estupidez. Quizá, se suma una consecuencia devenida de la ya mencionada pereza en la construcción narrativa; sopena, adivinador adivina, doy la misma posibilidad a dos alternativas ante ausencia del autor que justifique en una declarativa. Ya mencionada la pereza, queda el afán inferencial que, por cierto, no se encuentra “dentro de lo no dicho”, sino que de carácter inmediato a la fórmula de apertura arriba escrita, Collodi advierte al lector descuidado, y/o despojado de lo lúdico, que este cuento es de armas tomar en confrontación declarativa hacia las revistilla del montón, a la letra de molde, a las jarchas, y demás cursilerías, tan adherentes al lector que se incinera en imbéciles criticas hacia los libros de autoayuda, despistado de su propio reflejo ante ridículas e idénticas búsquedas, de la misma paparruchada de la autoayuda y, aún en mayor detrimento, ya que escoge la ficción para aplacar la necesidad imperiosa de identificarse con los personajes y continuar, ante quiénes observamos en la indignación del lector loser, sí, (pero jamás bufón por vasallo), la usurpación de argumentos construidos por puentes cognitivos muy otros, muy ajenos.

“Abriendo cancha, como que hay varón, y hay para todos y tupido”… Collodi abre su prontuario pa’ que sepan cómo es”. A la ya mencionada fórmula de apertura del contare, la desplaza la inmediatez en advertencia directa, sin pelos en la literatura de buena cepa:
“Había una vez…
—¡Un rey! —dirán de inmediato mis pequeños lectores.
No, niños, están equivocados. Había una vez un pedazo de madera.No era una madera de lujo, sino un simple pedazo de leña, de esos que durante el invierno se meten en las estufas y en las chimeneas para encender el fuego y calentar las habitaciones…”

Entre las muchas preguntas que desata Pinocho, la nuclear circunda en derredor a la complexión de la personalidad de Pinocho, forjada en el proceso del tallador, Geppetto. En laboriosa actitud imprime fondo y forma sobre la madera. Trabaja en la madera y la convierte en una marioneta, (convengamos “de frente march” el referente no a lugar: Disneylandia y su varita mágica trascendental. De estirpe baladí “after office”, “baby shower”, “fuente de sodas”, barbacoa”,(osea, hamburguesa paria comparada con costillar, lechón, achuras por montón: no me vengan con $chinchulines”, un comensal digno de tal subjetivema, otorga el galardón a la ubre, al corazón al riñón y al neonato: dale primer puesto en el ranking de guardias hospitalarias por angio plastia dominguera, consecuencia de la carnívora e inderribable devoción a la carne sin idearios veganos de vanguardia… institucionalidad del arte, trueque deleznable, priorizando los convenios en pos del adoctrinamiento sociocultural.

El epílogo de la edición New York Review of Books, de Rebecca West enfatiza que el libro trata de <el enfrentamiento entre la conformidad colectiva y la creatividad individual>

Una y otra vez, Pinocho se dejará llevar por sus instintos para terminar decayendo en las reprimendas inescrutables. El personaje no solamente es ahorcado, sino robado, apuñalado, secuestrado, azotado golpeado, encadenado como un perro; además de la animalización patentizar en la imagen cinestésica del castigo que cumple con las tres propiedades del significante Sasaureano: la incineración de sus piernas; son cuando son arrojadas al sartén al objetivo único de su fritura

Vale recalcar que Pinocho, por su parte, asesina al Grillo Parlante en el momento en que lo está sermoneando, el grillo representaría un subjetivema superior a la simpática identidad compañera y cómplice que enarbola Walt Disney, en realidad, es esa suerte de conciencia que se traduce a la falacia universal de la ética y moral civilizada; cuando le arranca una zarpa al Gato de un mordisco y cuando ve agonizar a su amigo Pabilo. El libro de color y está en las antípodas de la educadora y adoctrinante versión que en 1940 reformuló Walt Disney: con una marioneta ingenua y pacata. Despistada, inocente. Un personaje amigable y dócil, que a pesar de sus inconscientes desobediencias, está dispuesto a doblegarse ante el aprendizaje, y soportando los castigos cómo merecimiento. En adición a su carácter inconmovible cuyos rasgos no despiertan en él recelos, ni contradicciones, mucho menos un atisbo al deseo de transgresión a los mandatos. Además se despliega la coquetería del eterno pololeo que une a todas las damas en la misma línea de Disney, incluyendo a la sexagenaria Abuela Pata . Para traducir esta ensalada de coquetería a una forma pictórica, Disney utiliza los estereotipos de las actrices de Hollywood, aunque a veces las caricaturiza con imperceptibles matices para menoscabado vulgo, de la burda ironía. De todos modos sirven de único arquetipo, como única compuerta de existencia física en su lid amorosa. Con mayor nitidez se puede ver este recurso empleado en las hadas de Pinocho y otros cuentos mascabados ante la reformulación ignominiosa del carácter genuino/subjetivo. El Pinocho de Disney siquiera atina al Pinocho originario.No mata a Pepe Grillo. No comete actos violentos ni vengativos. Frente a la criatura de Disney, el espectador podrá cómo verse sólo en el plano iconografico del producto Disneylandia, puesta en escena, la parafernalia caricaturesca, etcétera. Pero el de Collodii alberga múltiples interpretaciones fascinadoras para el verdadero lector.

Por Lunfa de Polema Fetería y Sucundún

Definirse, denotar no es más que limitarse a parecer lo que deseamos ser.

3 respuestas a “Un tal Pinocho”

Pinocho, tragicolores, hubo una adaptación italiana de los setenta, mucho más fiel a la crudeza del cuento original, tragicolores es la palabra que me lleva al mundo de ese Pinocho carne cruda, flipante tu reseña Lunfa¡¡¡

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