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Humor y vida cotidiana

Lo que llamamos “cotidianeidad” abarca espacios y circunstancias humanas complejas, se
entiende de manera diferente según las culturas y recoge un amplio campo de fenómenos ligados a
etapas históricas, interacciones, prácticas y textos dispares. Sin embargo, la cotidianeidad se define privilegiadamente en el marco de los mecanismos –prácticas y discursos– que le dan continuidad, ya que la “repetición” es una de sus marcas fundamentales.
Particularmente, desde la teoría crítica (Adorno, Marcuse, Lefebvre) se ha enfatizado en el carácter alienado, pasivo y manipulado de la vida cotidiana y su entrega acrítica a la influencia de
las ideologías de turno o a los medios masivos de comunicación. Sin embargo, no es este el aspecto el que interesa si vamos a pensar la relación entre *humor y vida cotidiana, sino los fenómenos discursivos que la definen, tanto los que generan aceptabilidades sociales, como aquellos que
funcionan como marcas diferenciadoras. Por lo tanto y más contemporáneamente, en consonancia con nuevos estudios sobre la cultura, se ha comenzado a pensar las formas en que los sujetos pueden resistir la manipulación elaborando prácticas y discursos que constituyen modos propios de transgredir las imposiciones de la cultura dominante.

De Certeau (1997) afirma por ejemplo, que el mundo de la vida cotidiana es un mundo donde priman los sentimientos comunes y el sentido común. Un mundo a la defensiva que define espacios y lenguajes. La defensa es, según De Certeau, una “guerra de guerrillas” que se libra en el territorio semiótico –lenguajes de la cultura: códigos, gramáticas y estrategias que resisten lo dominante-. Creemos que es justamente en esta guerra de guerrillas en las que el humor tiene mucho que decir. Sus códigos ponen barreras, pero también tienden lazos y puentes, fronteras que separan y a la vez vinculan las esferas de una cultura. Así el humor que circula en formas genéricas del decir cotidiano
no es ajeno a la ciencia, la religión, el arte, la política. Más bien, lo que sucede es que se opera un sistema de “conversiones”, de apropiaciones o lecturas varias de textos que proceden de otras zonas
del sistema cultural.

El mundo de la vida cotidiana deja leer en fragmentos todo aquello que sucede, trazando “líneas de errancia” como las llama De Certeau, que atraviesan terrenos diferentes. La experiencia cultural urbana en las formas de la cotidianeidad se constituye en la casa y el trabajo, en la escuela, hospitales, y diversos espacios de la ciudad.

Entendemos por vida cotidiana , lo que Agnes Heller (1991) define de manera general como “la vida de los sujetos organizada en torno de la particularidad”, o como señala Parret (1999) “el acoplamiento de repetición y actividad que se realizan etimológicamente en el sentido de quotidie” (lo diurno). El aspecto “particular” solo puede ser observado, si hacemos un corte sincrónico y acotado
que, a los fines de la investigación puede dar cuenta de aquello que en las culturas está en constante
dinamismo, “todo lo que habla, enuncia, pasa, roza, encuentra”, como diría Michel De Certeau.

La vida cotidiana se sostiene sobre determinaciones sociales específicas: la división del trabajo, las condiciones impuestas por la clase, la edad o el sexo, la estructura de la producción y distribución de bienes, los avances científicos y el desarrollo del arte, las formas de comunicación
social desde las más elementales de la oralidad a la complejidad de los sistemas mediáticos, los
hipermediáticos, los principios morales (la moral sexual, la moral del trabajo, la moral de los negocios, como los distingue Heller), la praxis política, las formas de diversión y entretenimiento, la articulación entre lo público y lo privado, etc.
Esto muestra que no es posible leer la cotidianeidad fuera de su inscripción en circunstancias históricas, a la vez que sí es posible leer en la cotidianeidad aspectos propios de una determinada
sociedad, y particularmente buscar el modo en que esta sociedad se objetiva en sus lenguajes. Qué lugares comunes y doxásticos, circulan como formas de la risa cotidiana y de qué modo ellas constituyen un principio cognitivo e ideológico fundamental.
Sabemos que no hay hombre sin risa ni culturas sin humor, por lo tanto tampoco hay vida cotidiana sin *chistes, chanzas, bromas, pullas, sobrenombres ridiculizantes, relatos desopilantes, etc. Es decir, el humor impregna toda forma de cotidianeidad, sosteniéndose sobre una estructura particular que forma e informa, en un movimiento de vaivén, el imaginario de una época y los modos en que se desarrolla la cotidianeidad.

Por Lunfa de Polema Fetería y Sucundún

Definirse, denotar no es más que limitarse a parecer lo que deseamos ser.

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